Uno de los focos más visibles está en avenida Independencia, a escasas cuatro cuadras de la Municipalidad, donde la entrada de un banco abandonado funciona como refugio improvisado.
En la Diagonal, frente a la ex Liga Marplatense de Fútbol, y en la esquina de Paso y Tucumán, las historias se repiten: pertenencias acumuladas, ropa tendida y personas que encontraron en esos rincones un lugar para sobrevivir, no para pasar transitoriamente.
La crisis económica, el costo de los alquileres y la pérdida de empleos empujan a familias enteras a la intemperie. Muchas llegan desde otros puntos del país tras la temporada estival sin lograr estabilidad, y se topan con una ciudad que, además, atraviesa una temporada de invierno con escasa actividad turística. Desde sectores sindicales y sociales advierten que el tejido laboral se resquebraja y que cada vez son más los excluidos del mercado formal.
Mar del Plata ya no puede ignorar lo que ocurre en sus propias veredas. Detrás de cada frazada tendida hay una historia de exclusión que interpela al Estado y a la sociedad. La pregunta que flota en el aire es si la ciudad seguirá naturalizando el dolor o si logrará articular políticas públicas y compromiso social para frenar una problemática que, lejos de ceder, se profundiza día a día