Pero además se anuló la prórroga de las acreditaciones 2025, que se habían extendido en abril mientras se hacía un nuevo empadronamiento. Pero ahora eso quedó en la nada. Dieron de baja hasta las huellas dactilares y, por el momento, nadie entra hasta nuevo aviso.
En este contexto, el Gobierno parece haber encontrado un blanco cómodo para correr el foco justo cuando las cosas no vienen saliendo como esperaba: el periodismo. Una estrategia que mezcla confrontación constante y golpes de efecto, con ese tono disruptivo que ya se volvió marca registrada, pero que no es eterno.
El famoso clima de “no odiamos lo suficiente al periodismo” sumó capítulos cada vez más insólitos: desde referencias a los clásicos rusos hasta versiones de complots contra la seguridad presidencial. Hasta ahora, no hay indicios reales de que alguien quiera atentar contra el Presidente. Lo que sí aparece con más claridad es un avance preocupante sobre la libertad de expresión.
Para algunos periodistas que hoy se indignan y que hace no tanto veían al Presidente como un personaje pintoresco, casi un showman político ahora deben recular en chancletas.
También hubo periodistas que, en conferencias con el vocero, terminaron más como partenaires que como críticos, siguiéndole el juego en lugar de incomodar, es decir, los aplaudidores de siempre.
