La investigación, liderada por Anna Fowler, de la Universidad Estatal de Arizona, sostiene que la muerte no constituye un evento instantáneo, sino un proceso gradual. Según la científica, la conciencia podría persistir durante minutos -e incluso más tiempo- después de que cesen la actividad cardíaca y cerebral medible.
Tradicionalmente, la medicina definió la muerte como la pérdida irreversible de la función cerebral y circulatoria. Sin embargo, Fowler afirmó que la evidencia reciente cuestiona esa definición.
En ese marco, planteó que la muerte se despliega como un proceso y no como un acontecimiento inmediato.
Para abordar qué ocurre al morir, Fowler analizó más de 20 estudios sobre experiencias cercanas a la muerte y registros de actividad cerebral en pacientes que atravesaron paradas cardíacas.
Los datos revelaron que cerca del 20% de las personas que sobrevivieron a un infarto recordaron experiencias conscientes durante el período en que su cerebro no mostraba actividad detectable. Algunos pacientes que atravesaron una 'parada circulatoria completa' demostraron luego recuerdos implícitos de lo que sucedía a su alrededor.
Además, investigaciones de laboratorio documentaron picos de actividad cerebral -incluso superiores a los niveles normales de vigilia- en humanos y animales en fase crítica. Otros trabajos mostraron que el metabolismo, el flujo sanguíneo y la actividad neuronal pueden restablecerse en órganos y cerebros de mamíferos más allá de los límites considerados aceptables hasta ahora.
Para la investigadora, estos hallazgos indican que 'la muerte biológica no resulta inmediatamente irreversible'.
Fowler propuso que la medicina actualice la definición legal de muerte establecida en Estados Unidos en la década de 1980. En lugar de considerarla un evento único, sugirió entenderla en fases, de manera similar a cómo se clasifican otras enfermedades.
'Existen etapas de la muerte', afirmó. Según su planteo, la ciencia podría aprender no solo a retrasar ese proceso, sino también a intervenirlo.
Para la investigadora, la muerte no representa la extinción súbita de la vida, sino el inicio de una transformación biológica.
El estudio también abrió un debate ético. Aproximadamente uno de cada tres trasplantes de órganos proviene de donantes cuyo corazón ya dejó de latir. En esos casos, los equipos médicos extraen los órganos pocos minutos después de declarar la muerte para garantizar su viabilidad.
Fowler advirtió que, según algunos estudios, pueden registrarse descargas neuronales hasta 90 minutos después de la certificación del fallecimiento. Desde su perspectiva, este dato obliga a revisar los protocolos actuales.
La discusión involucra a la bioética, la neurología y la medicina intensiva. Otros investigadores, como el doctor Sam Parnia, especialista en reanimación, también documentaron picos de actividad cerebral asociados a funciones cognitivas hasta una hora después de un paro cardíaco en pacientes sometidos a reanimación cardiopulmonar.